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Sin Censura
DE ALACRANES Y ALACRANADAS
Un maestro al que los excesos y la ambición lo han llevado a rendir disciplina al gobierno, respaldar sus instrucciones y justificar sus decisiones y con ello ha traicionado su propia razón de ser. El sindicato no está para ser caja de resonancia de la autoridad. Está para representar, defender y respaldar a los trabajadores de la educación. Para dialogar, sí. Para construir acuerdos, también. Pero, sobre todo, para tener la capacidad y la firmeza de plantarse frente al poder cuando una decisión perjudica a sus agremiados. Hoy, somos testigos de cómo nuestro sindicato ha perdido, poco a poco, capacidad de gestión, representación e interlocución. Y esa debilidad tiene consecuencias. Cuando la autoridad sabe que enfrente no existe un verdadero contrapeso, actúa con mayor comodidad. Interpreta la norma de manera lesiva, toma decisiones unilaterales, incumple compromisos y vulnera derechos porque sabe que, después de algún pronunciamiento tibio, probablemente vendrá la resignación, el llamado a “comprender” y, finalmente, la aceptación de lo que ya fue determinado. Ahí está uno de los problemas más serios que enfrentamos. Cuando llega el momento de decidir entre respaldar con firmeza a los trabajadores o cuidar la relación con el poder político, demasiadas veces pareciera que nuestra dirigencia opta por lo segundo. Y un sindicato que cuida más su relación con el gobierno que su compromiso con sus agremiados pierde autoridad moral frente a la base. Desde abajo, desde las escuelas y centros de trabajo, debemos exigir respetuosamente, pero con firmeza, que el SNTE recupere su fuerza y su dignidad y que despierte de su letargo. No para buscar el conflicto por el conflicto. Tampoco para convertir cada diferencia en confrontación. Necesitamos un sindicato capaz de construir soluciones mediante la propuesta, el diálogo, la gestión y la razón, pero también con la firmeza suficiente para defender derechos cuando estos sean vulnerados. Con el Estado siempre puede existir una relación institucional, respetuosa y cordial. Eso es deseable. Pero cuando el Estado agravia, incumple, amenaza, impone o interpreta la norma en perjuicio del trabajador, también debe existir una organización sindical con la dignidad suficiente para decir: hasta aquí y dar más que un golpe sobre la mesa. Y si el diálogo no resuelve, entonces debe tener la capacidad de fortalecer legítimamente sus formas de organización, presión y defensa. Eso es un sindicato. No un acompañante del gobierno. No una oficina de gestoría limitada. No una estructura dedicada solamente a conservar espacios de poder. Tampoco necesitamos seguir dividiéndonos eternamente entre institucionales, opositores, disidentes, grupos y corrientes. Podemos tener diferencias políticas, sindicales e incluso personales, pero hay algo que debería estar por encima de todas ellas: la defensa de los trabajadores. El SNTE debería ser el vehículo para mejorar nuestras condiciones laborales, sociales y económicas, no el trono, trampolín, o la propiedad de nadie. No puede reducirse a una disputa permanente por cargos, posiciones, fotografías, protagonismos o cuotas de poder mientras la base enfrenta problemas reales todos los días. Es tiempo de que el sindicato despierte. Pero también, es tiempo de que nosotros, sus miembros, abramos los ojos. Porque es muy fácil exigir que cambien las dirigencias mientras seguimos atrapados en las mismas pugnas internas, en los mismos bandos y en las mismas divisiones que terminan debilitándonos. La fuerza sindical nunca ha estado únicamente en quienes ocupan una oficina, está en los trabajadores, en los maestros, directivos, supervisores, personal de apoyo y todos quienes forman parte de la educación pública. Tal vez, llegó el momento de dejar de preguntarnos de qué grupo venimos y empezar a preguntarnos hacia dónde queremos llevar a nuestra organización. Hay que volver a empujar al gigante, no para ponerlo al servicio de una corriente, no para entregarlo a un gobierno, y no para convertirlo en patrimonio de una dirigencia.

Nosotros

Nuestra Historia

Después de analizar el mercado de los medios escritos de las diferentes regiones del estado, consideramos factible ofrecer un producto diferente en presentación y contenido, por lo que en Junio de 2003, un grupo de profesionistas decidimos editar un periódico, al que denominamos Sin Censura.

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