La formación de comunidades es inherente a la naturaleza del ser humano pues de ella (la comunidad) depende en mucho su perfeccionamiento como persona humana y el logro de sus fines terrenales y trascendentes (más allá de esta vida), que no es otra cosa que la felicidad.
No se debe confundir a la comunidad de personas con el gregarismo, la muchedumbre, la masa, la aglomeración, colectivismo, población. Las comunidades son naturales y artificiales: naturales como familia para la procreación y educación de la prole en hábitos buenos; La escuela en la socialización e instrucción para el desarrollo de las facultades de la nueva población; El gremio para la producción de satisfactores suficientes para los integrantes de la comunidad ; La aristocracia (gobierno de los mejores) para organizar y dirigir a la comunidad al bien común y La religión para conservar las creencias de las personas para su trascendencia.
Las comunidades artificiales son los grupos que comparten un espacio físico cercano con metas y objetivos de corto, mediano y largo plazo, las de intereses de grupo y las virtuales de personas unidas por aficiones, causas altruistas y las profesionales o plataformas digitales educativas.
Lo importante es conocer cuáles son los vínculos (unión, lazo o conexión no material que une a personas con objetos e ideas entre sí) que mantienen unidas a las comunidades, ya que de su fortaleza o debilidad depende la existencia y permanencia de la comunidad.
Estos son algunos grandes motivos que otorgan cohesión y verdadera unidad a una comunidad, transformando un simple grupo de personas en un pueblo con alma y destino compartido.
El primero son los valores y principios comunes: cuando todos sostienen el respeto, la honestidad, la confianza y la solidaridad como guía, surge un suelo ético donde nadie se siente extraño y la convivencia se vuelve firme y duradera.
El segundo es la identidad, la historia y las tradiciones: compartir raíces, un pasado, celebraciones, lenguaje y costumbres hace que cada quien diga "somos parte de lo mismo", fortaleciendo el sentido de pertenencia que nadie puede arrebatar.
El tercero reside en las metas y proyectos compartidos: al trazar objetivos comunes —mejorar espacios, educar juntos, proteger el entorno o crecer como pueblo—, las diferencias dejan de separar y todos reman hacia un mismo rumbo.
El cuarto nace de la solidaridad y el apoyo mutuo: socorrerse en las dificultades, cuidar al vecino y servir a los demás convierte la convivencia en cariño y la cercanía en verdadera familia.
El quinto son las normas y acuerdos respetados por todos: reglas justas, derechos y deberes que se cumplen por igual dan orden, seguridad y equidad; nadie queda excluido y cada persona sabe qué esperar de los demás.
Cuando estos vínculos se mantienen vivos, la comunidad no solo permanece unida, sino que se fortalece, progresa y deja huella. Por el contrario si esos vínculos mueren, la comunidad fallece.
La misión está clara y cada persona debe hacer su tarea: trabajar por las causas que fortalecen la vinculación para generar el mayor número de comunidades al servicio del bien común. Usted, lector, dice la última palabra.
