La diferencia entre los pueblos desarrollados y los subdesarrollados se centra en que los primeros tienen más cosas buenas en común que los segundos. Cuando se comparten en común religión, valores, tradiciones, creencias, educación y planes y proyectos de largo plazo, las diferencias dejan de ser un obstáculo y se vuelven riqueza para el pueblo.
La condición «cosas buenas en común» da luz a la inteligencia de los habitantes de las comunidades para analizar y deducir los estadios de desarrollo de su ciudad, su región, su estado y su país.
Es importante conocer lo que le sucede a una comunidad cuando tiene pocas cosas buenas o nada en común. Los datos siguientes están directamente relacionados con la condición «poco o nada en común»:
- Se debilitan los lazos que mantienen unida a la comunidad y surgen conflictos tanto en lo social como en la convivencia diaria.
- Se debilita la confianza y el sentido de pertenencia: la gente se siente menos parte del grupo, como extraña; cuesta confiar en los demás, hay más desconfianza y distancia; no se siente responsable del bienestar de los otros.
- Les cuesta mucho ponerse de acuerdo: cada quien tiene valores, prioridades y formas de ver la vida distintas; para tomar decisiones o resolver problemas es difícil llegar a consensos; a menudo gana quien tiene más fuerza o poder, no lo que conviene a todos.
- Aumentan los conflictos y la división: malentendidos, juicios precipitados y roces se vuelven frecuentes; se forman grupos separados, «nosotros contra ellos»; puede crecer la indiferencia: cada quien hace lo suyo sin importarle lo común, lo que es bueno para todos.
- Se debilita la ayuda mutua: en momentos difíciles, la solidaridad es escasa; nadie se siente llamado a cuidar los espacios públicos o los bienes compartidos; los proyectos que benefician a todos avanzan poco o no se logran, por tener nada en común.
La condición «cosas buenas en común» ayuda a localizar las debilidades y amenazas que padece la comunidad. Pone énfasis en las siguientes actitudes: la diversidad en sí no es mala: trae más ideas, formas de ver y soluciones creativas; el problema es la falta de puntos de encuentro: sin ellos, la diversidad se vuelve separación; lo que importa es construir cosas compartidas: objetivos y metas comunes, respeto, reglas justas, espacios de diálogo.
Conforme a lo mencionado, el lector tiene la oportunidad de elaborar la lista de las «cosas buenas en común» de los mexicanos y a cada una de ellas dedicarle el mayor tiempo y esfuerzo posible para lograr que México sea un país desarrollado, porque tener nada en común es la autodestrucción del país.
En resumen: sin cosas buenas en común, la comunidad se desintegra poco a poco: convive pero no se une; existe pero no avanza junta. El instrumento ideal —aunque no el único— para promover en los habitantes las causas buenas comunes es la educación. Por ello es a la educación a la que se debe asignar el mayor presupuesto público para cumplir una misión tan delicada e indispensable. Usted, lector, tiene la última palabra.
