
En Morena hay una palabra que se repite tanto que ya parece mantra: Unidad. Unidad después del registro. Unidad durante las asambleas. Unidad antes de las encuestas. Y, sobre todo, unidad después de conocer los resultados. El problema es que la política tiene una pequeña maña: La unidad se pone a prueba precisamente cuando alguien pierde. Y eso es justamente lo que comienza a verse en los procesos internos de Morena rumbo a 2027.
En distintos estados, la designación de los coordinadores de la Defensa de la Transformación ha dejado inconformidades, reclamos y grupos que no parecen demasiado convencidos de que la famosa encuesta haya cerrado la discusión. En Michoacán, la designación de Carlos Torres Piña dejó fuera a Raúl Morón, en una disputa que durante meses enfrentó a grupos políticos dentro de Morena. En Zacatecas, la llegada de Verónica Díaz también provocó cuestionamientos, incluida la exigencia de revisar los resultados de las encuestas y críticas por la falta de transparencia sobre las mediciones. Y en Guerrero, la designación de Beatriz Mojica tampoco terminó con todos los aspirantes haciendo fila para la fotografía.
Abelina López cuestionó públicamente el resultado y el PT manifestó que no validaba el proceso porque, según su dirigente estatal, no se les habían mostrado las encuestas. Entonces viene la pregunta incómoda: ¿Qué pasa cuando la encuesta dice una cosa y el grupo político quiere otra? Porque una encuesta puede definir a un ganador. Pero no necesariamente consigue que los perdedores desaparezcan del tablero.
Y aquí es donde Durango debe poner atención. En 2027 no tendremos elección de gobernador. Pero sí habrá una disputa importante por diputaciones locales y federales. Y esas candidaturas también significarán territorio, estructura, posiciones y capacidad de negociación. Morena tendrá que repartir espacios. Y cuando se reparten espacios, inevitablemente hay quienes reciben. Y quienes se quedan mirando.
Ahí es donde la historia nacional empieza a tener eco en Gómez Palacio. Porque Morena en La Laguna no es una sola corriente. Hay grupos. Hay operadores. Hay funcionarios. Hay personajes con trayectoria. Y hay aspirantes que, seguramente, ya están haciendo cuentas. La pregunta no es solamente: ¿Quién ganará la encuesta? La pregunta verdaderamente interesante es: ¿Qué harán los demás cuando no ganen? ¿Se sumarán? ¿Negociarán? ¿Esperarán otra oportunidad? ¿O simplemente dejarán de mover a su estructura?
Porque ganar una encuesta es una cosa. Conseguir que los que perdieron trabajen para el ganador es otra cosa muy distinta. Y aquí aparece otro nombre que será inevitable observar: Betzabé. No porque haya anunciado una candidatura estatal —no lo ha hecho públicamente—, sino porque su posición política en Gómez Palacio la coloca inevitablemente dentro de cualquier conversación sobre el reacomodo de Morena en Durango.
Y entonces la pregunta también puede formularse de otra manera: ¿A quién apoyará Betzabé? ¿A los perfiles que considere más competitivos? ¿A quienes tengan mayor fuerza territorial? ¿A quienes estén más cercanos a su grupo? ¿O al perfil que finalmente resulte favorecido por el método de Morena?
Porque una cosa es respaldar el proceso. Y otra es que el resultado terminó favoreciendo a los intereses políticos de cada grupo. Y eso es precisamente lo que habrá que observar. Si los candidatos cercanos a determinado grupo resultan favorecidos por las encuestas, seguramente veremos sonrisas, unidad y fotografías.
Pero… ¿Qué ocurrirá si los nombres que ganan son otros? ¿Todos cerrarán filas? ¿Todos pondrán su estructura a disposición del ganador? ¿Todos aceptarán el resultado sin una sola inconformidad? Ahí estará la verdadera prueba. Porque lo que está ocurriendo en otros estados demuestra que la frase “la encuesta decidió” no necesariamente termina con las disputas internas. A veces apenas se comienza.
Y Durango tendrá su propia prueba. No por la gubernatura. Sino por las diputaciones. Por los grupos. Por los territorios. Por las estructuras. Y por la capacidad de cada corriente para colocar fichas. Porque en política nadie juega solamente por una candidatura. También juega por lo que viene después. Por eso será interesante observar qué hacen quienes hoy tienen posiciones importantes en Morena. Qué nombres impulsan. A quiénes respaldan. A quiénes dejan caminar.
Y, sobre todo, qué hacen cuando la encuesta no favorece a su elegido. Porque ahí se acaba el discurso. Y comienza la política de verdad. Tal vez por eso la pregunta que debería estar circulando en Gómez Palacio no sea quién va a ganar la próxima encuesta.
Sino: ¿Quién estará dispuesto a aceptar el resultado si su candidato pierde? Y una segunda pregunta, todavía más incómoda: ¿Quién seguirá trabajando para Morena cuando su ficha quede fuera del tablero? Porque las encuestas pueden decidir nombres. Pero las estructuras deciden mucho más.
Y si Morena quiere llegar unido a las próximas elecciones, tendrá que demostrar que la famosa encuesta no es solamente un mecanismo para escoger ganadores. También debe ser un mecanismo capaz de convencer a los perdedores de quedarse dentro del juego. Y ahí, querido lector, estará el verdadero resultado. Porque ganar una encuesta puede ser cuestión de números. Mantener unido a un partido después de ella… eso ya es otra historia.
