
Gómez Palacio, Durango.-
En Morena dicen que no hay pleitos, solamente “diferencias de opinión”. Que no hay grupos, sino compañeros de proyecto. Que no hay adelantados, sino cuadros trabajando por el movimiento. Y, por supuesto, tampoco hay aspirantes. Es agosto de 2026 y todavía falta bastante para 2027. Bueno… eso dicen.
Porque, mientras públicamente todos hablan de unidad, por debajo de la mesa ya se escucha el ruido de las calculadoras. ¿Quién tiene estructura? ¿Quién tiene territorio? ¿Quién tiene padrino? ¿Quién tiene una encuesta favorable? ¿Quién tiene relación con la dirigencia nacional? ¿Y quién, simplemente, tiene muchas ganas?
En Gómez Palacio, Morena enfrenta precisamente ese pequeño detalle: ya no está peleando por conquistar el poder, sino por administrar quién puede acercarse a él. Y ahí es donde el caso Rubén Rocha Moya cayó como balde de agua fría. El gobernador sinaloense regresó al cargo el viernes 21 de agosto, después de 112 días de licencia, sin que Morena ni la presidenta Claudia Sheinbaum hubieran sido consultados. Apenas 34 horas después volvió a solicitar licencia. Sheinbaum calificó su regreso de imprudente y dejó claro que ningún interés personal puede estar por encima del interés público. Vaya manera de recordarles a los morenistas que la disciplina también es una virtud revolucionaria… sobre todo, cuando la presidenta está mirando.
Y aquí es donde el episodio deja de ser un asunto exclusivamente sinaloense. Porque en Gómez Palacio hay políticos que ya entendieron que en Morena la pregunta dejó de ser solamente “¿con quién me llevo bien?” para convertirse en una mucho más delicada: ¿con quién estoy cuando llegue la hora de escoger?
El caso Rocha mostró algo que Morena suele intentar esconder debajo de la alfombra de la “unidad”: cuando el poder entra en crisis, las lealtades se vuelven perfectamente visibles.
Y eso debería poner nerviosos a algunos. No porque en Gómez Palacio exista un “caso Rocha”. No hay elementos para decir semejante cosa. Sino porque el episodio nacional obliga a los cuadros locales a preguntarse qué significa realmente pertenecer a un movimiento político cuando las instrucciones de arriba y los intereses personales pueden caminar por banquetas distintas.
La presidenta ya habló. Morena nacional se deslindó. Los gobernadores cerraron filas. Y hasta quienes tenían vocación de prudencia descubrieron de pronto que la prudencia también puede consistir en alinearse rápidamente.
En Gómez Palacio, algunos ya lo hicieron. Otros, como suele ocurrir en política, probablemente están esperando a ver hacia dónde sopla el viento. Porque una cosa es tener principios y otra muy distinta tener principios… con fecha de encuesta.
Y mientras tanto, los diputados locales comienzan a adquirir protagonismo. Alejandro Mata Valadez, por ejemplo, ha estado colocando sobre la mesa temas regionales y metropolitanos desde el Congreso, además de participar en la movilización política de Morena en La Laguna.
Eso no significa que sea candidato a nada. Faltaba más. En Morena todavía nadie aspira a nada. Todos “trabajan por el pueblo”. Pero, qué curioso que algunos trabajen por el pueblo con una frecuencia directamente proporcional a la cercanía del calendario electoral.
Y no es el único movimiento. En julio, una reunión con el delegado nacional Víctor Hugo Lobo, reunió a varios legisladores y cuadros morenistas de Durango para hablar del escenario rumbo a 2027. Entre los asistentes estuvieron Marina Vitela, Otniel García Navarro, Alejandro Mata, Georgina Solorio, Delia Enríquez, Sandra Amaya, Octavio Adame, Héctor Herrera y Bernabé Aguilar. También llamó la atención la ausencia de otros perfiles relevantes.
Ahí está la verdadera fotografía. No la oficial. La política. Porque en Morena las fotografías también votan. Y las ausencias, a veces, hacen más ruido que los discursos. El problema para Morena en Gómez Palacio no es que falten cuadros. Es exactamente al revés: hay demasiados que comienzan a mirar hacia 2027.
Diputados, funcionarios, regidores, operadores, dirigentes y personajes que ya entendieron que la política tiene una curiosa costumbre: cuando todavía no comienza oficialmente la carrera, algunos ya llevan varios kilómetros recorridos.
Y eso puede convertirse en el principal problema interno del partido. Porque si Morena llega fuerte a 2027 —como muchos de sus propios militantes esperan— entonces la batalla verdaderamente complicada no será contra la oposición. Será entre ellos mismos.
¿Quién tendrá la candidatura?
¿Quién tendrá el respaldo estatal?
¿Quién tendrá el aval nacional?
¿Quién tendrá territorio?
¿Quién tendrá estructura?
¿Quién tendrá una encuesta que enseñar?
¿Y quién tendrá que conformarse con aquello de que “lo importante es el proyecto”?
Esta última frase suele aparecer justo cuando alguien descubre que el proyecto no llevaba su nombre.
Mientras tanto, la dirigencia partidista tiene una tarea monumental: convencer a todos de que hay unidad mientras cada grupo comienza a contar sus fichas.
Y aquí aparece una ironía deliciosa. Morena llegó al poder prometiendo acabar con las viejas prácticas de la política. Sin embargo, cuando uno observa reuniones, bloques, ausencias, posicionamientos, estructuras y movimientos anticipados, hay escenas que podrían pertenecer perfectamente al viejo manual de la política mexicana. La diferencia es que ahora se llaman “organización territorial”, “trabajo de base” y “fortalecimiento del movimiento”. La política cambia de camiseta. La ambición, aparentemente, no. Y quizá por eso Rocha Moya resulte tan incómodo. Porque recordó algo que el poder suele olvidar: los cargos públicos no son propiedad personal.
Sheinbaum lo dijo con claridad y Morena cerró filas con ella. Ahora habrá que ver si esa misma lógica se entiende cuando la discusión no sea sobre Sinaloa, sino sobre las candidaturas de Durango. Porque mientras todos proclaman unidad, en Gómez Palacio ya hay quienes comienzan a preguntarse quién será el siguiente.
Y la respuesta, desde luego, todavía no existe. Pero las apuestas ya comenzaron. No oficialmente. Eso sí. Aquí nadie aspira a nada. Todos están trabajando por el pueblo.
Y casualmente… cada vez son más los que quieren trabajar por el pueblo desde una boleta electoral. Qué coincidencia.
