
Durante seis años, Andrés Manuel López Obrador construyó una doctrina de gobierno que se sostenía en una frase simple y absoluta: "El presidente de la República es el hombre más informado del país".
Lo repetía como axioma. No como opinión, sino como principio de Estado. Según esa máxima, no había movimiento, negocio jugoso, contrato, obra, traición o escándalo que ocurriera en México sin que pasara por la mesa de Palacio Nacional. Era imposible, decía, que un presidente no se enterara. Y si no se enteraba, era cómplice por omisión. Con esa vara midió a Calderón, a Peña Nieto, a Fox. Con esa vara justificó tener en sus manos el CNI, la inteligencia militar, la UIF y la lista diaria de todo lo que pasaba.
Esa doctrina se derrumbó en 33 horas.
El caso es el de Rubén Rocha Moya. El gobernador de Sinaloa, el estado más vigilado del país en este momento. Acusado por el gobierno de Estados Unidos de presuntos vínculos con Los Chapitos a cambio de sobornos. Investigado por la FGR junto a otros nueve funcionarios. Con licencia forzada, en el ojo de Washington y de Palacio Nacional.
El viernes, Rocha Moya anunció sorpresivamente que regresaba al cargo. Sin avisar.
Y la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, la heredera directa de ese proyecto, la persona que hoy ocupa la silla que según López Obrador lo sabe todo, salió a decir:
"Yo me enteré por la publicación del propio gobernador. No tuve ningún conocimiento previo".
Que se enteró por un tuit.
Es la incongruencia perfecta.
Si aplicamos la doctrina obradorista, tenemos dos opciones y las dos son graves:
Opción A: La presidenta sí sabía. Sabía que el gobernador más cuestionado del país, cuya permanencia genera una crisis con Estados Unidos y una fractura dentro de Morena, iba a regresar. Y decidió dejarlo correr para medir la reacción. Cuando vio el costo político, lo desautorizó con una frase en X: "Ningún interés personal puede estar por encima de la Nación". Si este es el caso, entonces la historia del tuit es una coartada para no asumir que toleró el intento.
Opción B: La presidenta no sabía. Realmente el Centro Nacional de Inteligencia, la Secretaría de Gobernación, la Secretaría de Seguridad, la Fiscalía General y todo el aparato que López Obrador decía que informaba al presidente minuto a minuto, no fue capaz de avisarle que el gobernador de Sinaloa iba a retomar el poder. Que la jefa del Estado mexicano se entera de un asunto de seguridad nacional por la misma vía que cualquier ciudadano con un celular.
Si la opción B es verdad, entonces la frase de López Obrador era mentira. O era verdad para él, pero dejó de serlo. Porque si el presidente es el más informado y no hay negocio jugoso que no conozca, ¿cómo explica que su sucesora no sepa que un gobernador acusado de narcotráfico por http://EE.UU. vuelve al palacio de gobierno?
López Obrador decía que esa ignorancia era imposible. Que eso era la excusa de los conservadores. Que el presidente todo lo sabe.
Sheinbaum acaba de decir que ella no supo nada, que se enteró por un tuit.
No pueden tener razón los dos.
O el presidente es el más informado del país y entonces Sheinbaum sí sabía del regreso de Rocha Moya, o Sheinbaum dice la verdad y entonces el presidente no es el más informado, hay negocios jugosos y movimientos políticos que sí se hacen a sus espaldas.
En el fondo, el episodio de Rocha Moya no habla de Sinaloa. Habla del fin de una narrativa. La narrativa de que el poder presidencial es omnisciente. Sheinbaum, queriendo deslindarse de un gobernador incómodo, terminó desmintiendo sin querer la frase más repetida de su mentor.
