POR: MIGUEL ANGEL SAUCEDO L.
Es cierto, la ONU se ha convertido en un adorno carísimo. Una especie de vitrina o escenario bufo donde lo que faltaba por verse ya se hizo espectáculo con la presencia de Melania Trump presidiendo la sesión de, nada menos que, el Consejo de Seguridad de dicha organización. Diseñado como el órgano más importante de la ONU para el mantenimiento de la paz, el Consejo de Seguridad refleja también quienes son los verdaderos dueños del organismo, los poseedores de armamento nuclear, es decir, Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China y Rusia, países que son los únicos miembros permanentes del Consejo y que, además, poseen el poder de veto. Así, las negociaciones que suceden al interior de este grupo son las que verdaderamente se convierten en decisiones que afectan al mundo en un sentido o en otro.
Hay otros diez miembros no permanentes, elegidos por la Asamblea General de la ONU para un periodo de dos años, pero las decisiones más importantes las toman los cinco miembros permanentes atenidos, por supuesto, a su poder nuclear.
Pues bien, este mes de marzo corresponde la presidencia a los Estados Unidos cuyo gobierno decidió que estaría muy bien representado por Melania Trump para hablar acerca de “Niños, tecnología y educación en situaciones de conflicto” en la que, por supuesto, ignoró la matanza que el ejército de su país e Israel hicieron al bombardear una escuela al sur de Irán, en la que asesinaron a más de 160 niñas. Si en algún momento hizo alusión a víctimas de guerra fue para honrar a los seis soldados norteamericanos que han perdido la vida desde que inició la campaña militar llamada Furia Épica. Por lo demás, si algo tuvo de llamativo dicha sesión fue el hecho de ser presidida, por primera vez, por la esposa del presidente de un país miembro.
Los tiempos han cambiado, a nadie representa la ONU, particularmente su Consejo de Seguridad, y es ya un sinsentido continuar su financiamiento cuando pocos atienden su convocatoria y prácticamente nadie, sus resoluciones.
De los países integrantes del organismo internacional, lo que sigue sorprendiendo es la enorme distancia que hay entre las ciudadanías y sus respectivos gobiernos, pero, sobre todo, la convicción generalizada de que nada puede hacerse al respecto. Ningún pueblo le exige a su gobierno el respeto a sus legislaciones internas, mucho menos la obediencia al derecho internacional.
Sociedades que ya no se perciben como de clases, por lo menos no en lo subjetivo. La característica principal de estas sociedades es la desigualdad, cierto, pero antes había una percepción de algo así como “desigualdades o desventajas compartidas”, lo que facilitaba sentirse parte de una clase lo que, a su vez, propiciaba el buscar el apoyo de otros en condiciones similares porque al auxiliar al “otro” se ayudaba a sí mismo, eran los principios de la solidaridad. Sin embargo, ahora estamos ante lo que Francois Dubet llama “pequeñas” desigualdades, esas que enfrentan a los mas pobres entre sí en su día a día.
Según Dubet, nos indignan las desigualdades “obscenas”, esas que separan a un minúsculo porcentaje de la población, los más ricos, respecto de las mayorías empobrecidas, pero somos más discretos acerca de las desigualdades que nos benefician y que parecen justificarse por nuestro simple mérito. Para el autor francés esto produce una brecha entre la indignación y la acción, o que “los más desfavorecidos ya no voten (o voten por la extrema derecha), la cólera popular ya no tiene perspectiva política, los más pobres y los inmigrantes pasan a ser enemigos”.
