POR: MIGUEL ANGEL SAUCEDO L.
Eran finales de los años cincuenta, la dictadura de Fulgencio Batista generaba un cierto tipo de desarrollo en Cuba, que se podía medir en el hecho de que esa pequeña isla era una de las naciones de mayor crecimiento económico en la región, un auge que, con una mirada descuidada, se podía percibir como la isla de los casinos, las prostitutas y las playas, lo que la hacía muy atractiva para cierto turismo norteamericano.
Una mirada mas acuciosa permitía ver que el poder estaba en manos de la mafia y que Fulgencio Batista no era sino el carcelero encargado de administrar la represión a todo aquel que se atreverá a cuestionar. Un país sin futuro, sin la mínima posibilidad de siquiera soñar un proyecto de nación con un mínimo de autonomía.
Y sin embargo había molestia, rebeldía, inconformidad que, aunque era sistemáticamente reprimida, siempre brotaba con mayor coraje, con mayor decisión solo para ser reprimida una y otra vez hasta que, como dice la canción, llegó Fidel, y con él, la Revolución. Con Fidel Castro los campesinos obtuvieron una dignidad que siempre les fue negada y que ahora, con una Revolución que se autoproclamó socialista, llevaba a cabo una Reforma Agraria que dotaba a peones de un pedazo de tierra que les permitiría cosechar sus propios alimentos.
La isla del tabaco y ron, el lugar favorito de gangsters norteamericanos se convertía en la patria socialista, ubicada casi en las barbas del imperialismo. A la autoproclamación como país socialista Estados Unidos respondió con un cerco dirigido a la asfixia económica de la isla al prohibir la compra de artículos que hubieran podido potenciar la economía cubana, con el consiguiente bienestar para su pueblo. Solamente la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, la URSS, mantuvo el comercio con Cuba, ciertamente, un comercio subsidiado que permitió a los cubanos un relativo desarrollo que nunca alcanzó su pleno potencial. Pero se mantuvo digna y socialista su revolución, inclusive con intentos de extenderla a Bolivia a través del Che Guevara y en Angola.
Fidel murió, habiendo sobrevivido a múltiples atentados contra su vida orquestados por la CIA, sin haber sido derrotado nunca por el imperialismo. Sin embargo, Cuba nunca pudo salir del subdesarrollo, salvo en algunos aspectos de medicina, la isla quedo al margen de la innovación. Dependiente de Venezuela para satisfacer sus necesidades energéticas, no tiene proveedor alternativo ahora que Maduro ha sido secuestrado por Donald Trump.
La dirigencia cubana tampoco parece saber que hacer en momentos como este. Sin la astucia de Fidel queda, sin embargo, la bravura de un pueblo que ha sabido defender su Revolución, que no se deja asustar tan fácilmente. La reestructuración total del capitalismo internacional que impulsa Trump está trastocando los roles que, hasta ahora, han estado jugando países como el nuestro, o como Cuba. Son momentos inéditos de cambio, que exigen también respuestas nuevas, análisis novedosos y propuestas creativas porque las viejas recetas parecen no responder circunstancias desconocidas.
No solamente ya no existe la URSS sino que, además, la China Comunista ha procreado, bajo el manto de la bandera roja, las mismas contradicciones de clase que impulsaron su revolución. Un nuevo orden mundial es una nueva configuración de posiciones en el ajedrez mundial y, por tanto, la oportunidad (y necesidad) de construir nuevas alianzas. Canadá es, quizá, el país que mejor lo entende y así, está reconstruyendo con China una relación que era bastante hostil hasta hace unos quince meses. Mientras tanto, Cuba, que linda es Cuba y (hasta) ahora sin yanquis, me gusta más.
