POR: MIGUEL ANGEL SAUCEDO L.
Mucho han cambiado los tiempos desde que la Segunda Guerra mundial se definió a favor de los aliados y en contra de Alemania, Japón e Italia. De ese desenlace derivó un nuevo orden mundial, con Estados Unidos a la cabeza y bajo la lógica del capital, una manera de entender el mundo fincada sobre la base de minimizar costos y maximizar beneficios a favor de los dueños del capital.
El mundo se ordenó de ese modo en lo social, lo económico y también en lo simbólico. Desde entonces la lógica es capitalista, enriquecimiento de los menos con el empobrecimiento de las mayorías. La competencia se consolidó como forma de relacionarse, tanto entre personas como entre naciones dando lugar a una jerarquización entre países que luego se reproduce al interior de cada nación.
El orden resultante no fue otra cosa que los acuerdos de repartirse el mundo como áreas de influencia entre los países ganadores, los aliados, Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Rusia, básicamente. En ese reparto, Latinoamérica se consolidó como espacio bajo control político, económico y cultural de Estados Unidos lo que le permitió aprovecharse de los diversos recursos naturales de los países latinoamericanos contando, casi siempre, con la complicidad de las oligarquías locales.
Las respuestas de los pueblos siempre fueron de rebeldía, de lucha organizada que unas veces triunfaban y otras, las más, eran aplastadas. Pero eran los tiempos de un mundo bipolar, organizado en torno a dos lógicas, una capitalista y otra socialista. Buenas o malas, esas eran básicamente las únicas opciones, las formas de ver y organizar el mundo y cualquiera se adscribía a una u otra. Desde los años 80, y sobre todo a partir de los 90 la lógica es neoliberal, lo cual se traduce a opciones engañosamente múltiples ya que, en teoría, cada quien es dueño de su destino lo que podemos constatar como absolutamente falso.
Lo que si es cierto es que los dueños del capital son o pretenden ser los propietarios del mundo, de sus recursos naturales. Bajo modernas formas de colonización los llamados países centrales se adueñan de aguas y tierras de los países llamados periféricos, tal como se puede atestiguar en Latinoamérica y otras partes del mundo. Por vías mercantiles muy desfavorables, México y el resto de las naciones latinoamericanas se convirtieron en botín de un imperialismo cada vez mas ambicioso. Para Puerto Rico, los norteamericanos inventaron un formato un tanto extraño, el de Estado Libre Asociado, en el que ni es Estado por carecer de soberanía, ni tiene libertad y lo de asociado es, en realidad subordinado. Es un estatuto que permite expoliar sus riquezas prácticamente sin retribución alguna.
Por eso no es de extrañar que la típica fiesta norteamericana del Super tazón se convirtiera en una fiesta de reivindicación latina, con el consecuente enfado de Trump. Lo que si extraña, aunque cada vez menos, es la ausencia de liderazgos políticos que entiendan que el mundo cambió, que ya no es bipolar y que, aunque la lucha de clases sigue siendo el motor de la historia, hay que conceptualizar de modo diferente las clases, hacerlo según el lugar que ocupan en el espacio social, y verlas en permanente lucha por imponer una visión legitima del mundo, un tanto como lo hizo Bad Bunny, en pleno Super tazón, al restregar en la cara de Trump una visión del mundo contraria a la visión imperial y, con eso, también restregó su liderazgo en la cara de las izquierdas latinoamericanas, incapaces de entender el nuevo mundo y traducirlo a las clases populares.
