POR: MIGUEL ANGEL SAUCEDO L.
A la memoria de Renee Good y Alex Pretty
Es una ciudad que tiene una historia interesante de racismo, pero que, por lo mismo, también registra persistentes intentos de integración étnica y racial. Todavía hace menos de seis años fue el escenario del asesinato de un afroamericano, George Floyd, a manos de un rubio agente de la policía local. El crimen, grabado y difundido en un video que se convirtió en viral, muestra como el odio racial es la principal motivación de agentes policíacos sin la menor empatía para con sus ciudadanos y, a la vez, generó las condiciones para replantearse que los Estados Unidos son un país que no ha resuelto los conflictos derivados de la vida en común de los diferentes.
Hoy, Mineápolis es una ciudad sitiada por el gobierno federal, justo por el odio que inspira el actuar del presidente Donald Trump, odio dirigido en esta ocasión contra los migrantes con status legal o ilegal y contra todos aquellos que los apoyan, incluidos ciudadanos americanos. En realidad, como lo ha demostrado Trump en Mineápolis, el color de piel solamente es un indicador de las diferencias que realmente le asustan, es decir, las formas diferentes de percibir la realidad, de categorizarla y, por tanto, de actuar en consecuencia.
Los diferentes son los que perciben de manera diversa a la percepción hegemónica, los que valorizan esa percepción de manera diferente y que, en consecuencia, actúan de manera diversa a la forma en que deberían actuar según los cánones derivados de una hegemonía que no tolera la diversidad porque la percibe como amenaza. Percibir, valorar y actuar de manera diferente cuestiona la autovalidación de quienes comparten una manera de ver la realidad que consideran como la única legítima.
Y, sin embargo, frente a toda visión hegemónica suele haber una mirada que no se subordina, que no es subalterna y que, por el contrario, mira lo que está prohibido y que valora lo desvalorizado y que propicia la actuación frente a la inacción, la solidaridad frente a la discordia, el altruismo frente al egoísmo, la justicia versus la ley y que cuestiona el orden con la propuesta de un nuevo orden.
Frente a la dicotomía hegemonía-subalternidad hay espacio para una opción interesante, no tanto por ser diferente sin por ser propia, genuina, honesta. Esa opción es la alterna, la que reniega de la subalternidad y se atreve a proponer un orden justamente alternativo, diverso que integra en lugar de polarizar y que propone que son más, muchos más los aspectos que nos unen que los que nos separan. Eso es justo lo que se vive en Mineápolis, la contradicción entre los que buscan eliminar las diferencias eliminando a los diferentes y los que buscan superar los desacuerdos con los acuerdos, con la disposición a transitar juntos aquello que nos asusta.
Pero desde la mirada hegemónica no hay espacio para la divergencia, solo para la diferencia subordinada, subalterna. Solo aquellos que se saben diferentes pero que respetan el orden que los subordina pueden existir, solamente los que asumen que el color de su piel, su lengua o su cultura son sinónimos de inferioridad pueden existir en un orden social que los minimiza, los reduce.
Ser alterno es mirar como iguales a quienes se asumen como superiores y eso tiene sus riesgos que, por cierto, son enormes. Pero tampoco hay otra opción, o te subordinas y fortaleces con ello un orden injusto, o te rebelas y te atreves a proponer un orden alternativo, quizá mejor, más justo, como lo imaginaban Renee Good y Alex Pretty.
