POR: MIGUEL ANGEL SAUCEDO L.
El pasado martes, 13 de enero, fue el Día Mundial contra la Depresión, enfermedad que afecta a millones de personas en todo el mundo y que afectará a poblaciones cada vez más crecientes. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), el trastorno depresivo (o depresión) es un trastorno mental común que implica pérdida de placer o interés por actividades que antes solían ser satisfactorios. Es una especie de tristeza que se vuelve crónica, es decir, se convierte en una manera de vivir la realidad cotidiana eludiéndola, con temores permanentes a que la situación empeore.
Esto afecta a millones de personas en el mundo (más de trescientos millones, según la OMS) y afecta todos los ámbitos de la vida como la familia, el trabajo, la escuela, en fin, todos los aspectos que forman parte de los escenarios en los que la vida transcurre. De acuerdo con la misma fuente, el trastorno es más frecuente en las mujeres que en los hombres, aunque nadie está exento de sufrirlo. Y lo peor es que pocas naciones lo asumen como lo que es, un serio problema de salud que en lo personal incapacita y genera sufrimiento y en lo social afecta los niveles de sociabilidad y de productividad.
Aunque se considera que hay factores como el consumo de alcohol o la inactividad física, enfermedades cardiovasculares, enfermedades respiratorias, actores todos ellos de índole individual, la verdad es que éstos, a su vez, pueden ser rastrados como síntomas de una sociedad crecientemente enferma, derivada justamente de su la forma en que está estructurada.
La insuficiencia salarial, la precariedad de las condiciones de trabajo, la escasez de oportunidades laborales, las exigencias de vivir la vida de manera cada vez más individualista nos hacen percibir las relaciones afectivas, familiares y de amistad, más como una carga que como una posibilidad para enfrentar colectivamente los problemas que superan nuestras capacidades individuales. Ver al otro como competidor en lugar de buscar la empatía que nos permita la construcción de organizaciones solidarias reduce significativamente las posibilidades de sobrevivir sin paga un enorme costo emocional y, por supuesto social, lo que se expresa en familias disfuncionales, parejas que buscan mas la divergencia que la coincidencia y organizaciones gremiales que premian el éxito individual, aunque este se consiga pasando por encima de los otros agremiados.
Aunque todos estamos en riesgo de sufrir depresión, los jóvenes son quienes mas la padecen, justamente porque, entre otros factos, son quienes más resienten las presiones sociales para obtener un éxito que muchas veces no desean o que, por lo menos, lo perciben de manera diferente a como está socialmente establecido.
Si estudian se les exige ser los que obtengan las mejores calificaciones, si trabajan se les demanda los máximos niveles de productividad y si no trabajan ni estudian entonces se les arroja ala categoría de los “ninis”, estigma que los arroja más fácilmente a la búsqueda de falsas soluciones en las adicciones. Pero los que trabajan o estudian también sienten que las exigencias a que son sometidos superan sus posibilidades y, por eso, tenemos un creciente nivel de adicciones tanto en la escuela como en el trabajo.
Las organizaciones gubernamentales proponen medidas de prevención, así como diversas estrategias de afrontamiento que, sin embargo, requieren de personal capacitado que no existe en la cantidad y calidad requeridas. De todas maneras, habría que empezar por reconocer que la depresión tiene como causas sociales fundamentales la situación financiera y la soledad. De modo que luchar solidaria y grupalmente por mejorar las condiciones de vida pudiera ser terapéutico.
