POR: MIGUEL ANGEL SAUCEDO L.
Con la invasión a Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolas Maduro, se exhuma el cadáver de la vieja doctrina Monroe, ahora rebautizada como Donroe y que consiste, básicamente, en la consigna de América para los (norte) americanos, lo que significa que el destino del subcontinente es ser el eterno patio trasero de Estados Unidos.
Con la llegada por segunda vez de Donald Trump a la Casa Blanca asistimos a una reconfiguración de las esferas de influencia en el mapa mundial negociadas después de la Segunda Guerra Mundial. En esa reconstrucción del mapamundi las potencias triunfadoras se repartieron los países como botín de guerra y para garantizar ese nuevo orden diseñaron nuevas reglas y nuevas instituciones como la Organización de las Naciones Unidas.
En lo económico idearon una serie de mecanismos e instituciones sintetizados en los Acuerdos de Breton Woods que, entre otras cosas, asignaban al dólar su papel de moneda universal con lo que se garantizaba el papel de Estados Unidos como eje de la economía mundial. Funciono así durante muchos años y ese mecanismo sirvió, además, para eficiente el saqueo de materias primas de los países subdesarrollados por parte de las potencias triunfadoras.
Ese orden se ha vuelto obsoleto, justo en la medida en que la economía norteamericana perdió competitividad y ahora no tiene más remedio que violentar las reglas que ya no le sirven. La legalidad de postguerra, de por si abusiva y depredadora, ya no es suficiente para subsanar las deficiencias que han hecho de los productos norteamericanos poco competitivos, así que ahora arrebatan por la fuerza descarada lo que antes despojaban de manera encubierta bajo la lógica del mercado.
El objetivo son las llamadas tierras raras, el petróleo y los energéticos, en general, las materias primas y, por supuesto, los territorios que por su ubicación adquieren carácter estratégico en la guerra comercial y en la eventual guerra militar. Por eso el interés norteamericano por las tierras raras de Ucrania, por el petróleo de Venezuela y de México, la ambición de apoderarse, por la buena o por la mala, de Groenlandia.
Donald Trump sabe que esta perdiendo la guerra económica y, por eso, busca la agresión militar ya que en ese terreno tiene aún algo de ventaja que, por cierto, está perdiendo aceleradamente ante China. Por eso le urge reconfigurar sus alianzas, replantear sus estrategias y buscar formas nuevas de producción, nuevos proveedores y nuevos clientes.
Del otro lado Rusia, China, India perciben la amenaza y ensayan posibles alianzas, mientras que los países europeos, socios tradicionales de Estados Unidos, se encuentran desconcertados y no saben como reaccionar ante un aliado tan voluble pero que tiene como característica la destrucción de las instituciones que regularon durante mucho tiempo las relaciones entre naciones.
Al interior de su propio país Trump hace lo mismo, la demolición sistemática de acuerdos e instituciones que permitieron a su nación ofrecerse como ejemplo de democracia, de orden institucional. Ahora lo mismo indulta a un narcotraficante confeso que a quienes asaltaron el Congreso en su intentona de golpe de Estado.
Nuevos y oscuros tiempos exigen nuevas formas de acción, tanto a nivel individual como a nivel de nación. Se trata de encontrar nuevas formas de relacionarse tanto a nivel de países como a nivel de relaciones interpersonales. Nuevas realidades exigen nuevas formas de percepción y valoración de la realidad.
