Torreon, Coah.
Edición:
20-May-2024
Año
21
Número:
905
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PUNTOS DE VISTA / 809


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Por:
Sin Censura
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21-01-2022
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Edición:

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POR: MIGUEL ÁNGEL SAUCEDO L.

Desde el año pasado mencionábamos como un mismo evento, una misma realidad es percibida de muy diferentes maneras. Hacíamos mención del hecho de que, a la mitad de su mandato, el presidente López Obrador cuenta con niveles inauditos de aceptación, por no decir que de popularidad. Y decíamos que, gracias a las encuestas, es posible poner en números tanto la aceptación como el rechazo al lopesobradorismo. Así, en términos numéricos, el 68 por ciento de los votantes aprueba a López Obrador, aunque no los resultados de su gestión, mientras que el 32 porciento reprueba por igual al presidente y a sus políticas de gobierno.

Son dos sectores de población ubicados en diferentes puntos de la geografía social, desde los cuales se ve lo mismo, pero de diferente manera. Los subsidios a la pobreza, por ejemplo, que en la forma de programas sociales alivian la carencia de ingreso de adultos mayores, o reducen la dificultad para trabajar o estudiar de jóvenes, etc., son, para los sectores privilegiados formas de tirar el dinero pues, dicen ellos, regalan el pescado al hambriento en lugar de enseñarlo a pescar. En cambio, para quienes pasan hambre o diversas carencias (por cierto, no por mala suerte ni por pereza sino porque fueron desposeídos de su acceso a la riqueza socialmente generada, como dice David Harvey), el apoyo gubernamental es la diferencia entre satisfacer o no el hambre o comprar o no el medicamento que, por lo menos, atenúe sus dolencias.

Desde esas antípodas sociales la realidad se percibe, necesariamente, de manera muy diferente. Es la consecuencia lógica de una sociedad polarizada, de un México en el que los pobres son cada vez más pobres y los ricos, cada vez más ricos. Emparejar el terreno, dotar de las mismas posibilidades a todos es lo que se demanda de una de las economías que está lejos de ubicarse entre las más pobres. En otras palabras, nuestro problema no es la pobreza, sino la desigualdad. Y ahí es justo donde estamos atorados, de un lado los que ven como natural la desigualdad y, del otro, quienes consideramos que este país necesita, con urgencia, disminuir las brechas que separan a ambos sectores, si es que queremos recuperar la viabilidad que como nación estamos perdiendo aceleradamente.

En ese sentido van las reformas impulsadas por el lopezobradorismo, así como las políticas sociales que son, de hecho, una forma de redistribuir la parte de la riqueza social que administra el Estado. Y, por eso mismo, seguiremos viendo las más enconadas resistencias al cambio por parte de quienes ven perdidos, al menos en parte, sus privilegios. Estas resistencias, sin embargo, van perdiendo fuerza, una y otra vez han mostrado la lejanía respecto de aquellos a quienes usan como pretexto para atacar al gobierno. Ni los trabajadores, ni los pequeños empresarios, ni la mayoría de los ciudadanos se tragan el cuento de lo peligroso de las políticas de López Obrador.

Por el contrario, cada embestida mediática, judicial, electoral o en el terreno de la guerra sucia de los opositores contra AMLO ha servido únicamente para mostrarlos tal como son, con todas sus carencias políticas, cognitivas y, sobre todo, éticas. Prácticamente todo lo que hacen sirve para dar la razón al presidente cuando los acusa de conservadores y beneficiarios de un régimen de corrupción, que ellos quisieran perpetuar. Siguen demostrando que están moralmente derrotados. Por eso la petición panista de sentarse a dialogar, o la afirmación priista en el sentido de que “patearon el neoliberalismo que se les impuso desde el poder” ¿alguien se las cree? Yo tampoco.

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