Torreon, Coah.
Edición:
26-Feb-2024
Año
21
Número:
895
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LA COOPERACHA / 753


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Por:
Sin Censura
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29-08-2020
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Edición:

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POR: MIGUEL ÁNGEL SAUCEDO L.

En las contiendas políticas se usan los recursos disponibles para la obtención del triunfo. Para ello se busca movilizar a los demás y se buscan aliados que, con su participación política o con sus aportaciones, hagan fuerte la movilización. La facilidad o dificultad para que avance el movimiento depende, en buena medida, de si se trata de cambiar radicalmente a la sociedad, o de reformarla o de conservarla tal como está.

Los movimientos de cambio radical o revolucionarios suelen ser los de más difícil avance y los que tienen que asumir mayores costos sociales, esos que se miden en señalamientos, marginación, destierro, persecución, represión y muerte. Son los más difíciles porque tienen, sobre todo a su inicio, todo en contra, desde el odio de los que se benefician de ese estado de cosas, hasta la indiferencia de aquellos a quienes se quiere liberar.

Los reformistas también inspiran odio, desprecio y temor, aunque no al nivel que los radicales alcanzan con sus movilizaciones o con sus reclamos. Son más moderados que esos revolucionarios, pero, a fin de cuentas, también pretender alterar el injusto equilibrio en el que se encuentra la sociedad hasta esos momentos.

Los movimientos conservadores, en cambio, precisamente porque se apoyan en las tendencias dominantes, que son las del conservadurismo, lo único que tienen que hacer es apoyar esas fuerzas que, de manera natural, se oponen al cambio. Tienen en contra a los impulsos revolucionarios o reformistas que son, al principio, débiles y minoritarios, escasos en recursos y con poca legitimidad como para que el resto de la sociedad (o al menos algún sector importante) simpatice con ellos. En cambio, tienen a su favor todos los recursos acumulados en el tiempo (que suelen ser generaciones) que llevan usufructuando el poder, ya sea de manera directa o a través de intermediarios. Tienen cuantiosos recursos propios y controlan los recursos públicos (dinero, ejércitos, policías, instituciones y medios de comunicación), de modo que no necesitan, en principio, hacer inversiones que mermen su riqueza para financiar la resistencia a los movimientos revolucionarios o reformistas.

Cada uno tiene sus propios capitales y los moviliza según sus propias capacidades. Uno de esos recursos, en poder de los conservadores, es la hegemonía, la capacidad que tienen los que controlan a una sociedad para hacer que esta comparta sus maneras de ver el mundo, sus valores, su lógica y su estética. Según esa perspectiva, por ejemplo, la riqueza de los pocos nada tiene que ver con la pobreza de los muchos pues ambas circunstancias se explican por la naturaleza desigual que caracteriza a los seres humanos.

Y, sin embargo, hay quienes se explican la desigualdad social a partir de una estrecha relación entre la abrumadora riqueza de unos cuantos y la gran miseria en la que sobreviven cada vez mas mexicanos.

Unos y otros participan en la disputa con todo lo que tienen y buscan lo que no tienen, sobre todo el respaldo de los demás o, al menos, la legitimidad, la aceptación de los procedimientos y formas de lucha como moralmente aceptables. Eso es algo de lo mucho que actualmente está en disputa en nuestro país. Pasar la charola para recabar dinero entre poderosos, incluidos recursos públicos, para desbarrancar una candidatura y convertir a un candidato en un “peligro para México”, y pedir cooperación entre asalariados para sostener un movimiento que pretende transformar el país, por lo menos en alguna de sus múltiples facetas de injusticia. Dos propósitos distintos, dos métodos diferentes, aunque aparenten similitudes. Ambos en video. Ambos en pugna por la aceptación social, por la legitimidad.

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