Torreon, Coah.
Edición:
10-Jun-2024
Año
21
Número:
908
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MI VERDAD / 746


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Por:
Agente 57
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06-06-2020
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POR: AGENTE 57

ARRANCAMOS… la política fue entre los antiguos griegos una nueva forma de pensar, de sentir y, sobre todo, de relacionarse unos con otros. Los ciudadanos podían diferir en riqueza, belleza o inteligencia, pero como ciudadanos eran iguales. Esto era así porque los ciudadanos eran racionales, y la única relación apropiada entre ciudadanos era persuasión. La persuasión se distingue del mando en que asume la igualdad entre el hablante y el oyente. Platón presenta una visión noble de esta forma de vida política en su diálogo “Critón”. El filósofo Sócrates, tras ser condenado a muerte por corromper a los jóvenes, rehusó el ofrecimiento de ayuda para escapar de Atenas, argumentando que huir sería racionalmente incongruente con el compromiso con su ciudad que expresaba la forma en la que había vivido toda su vida. Incluso su forma de ejecución refleja la convicción básica de que la violencia no debe ejercerse entre ciudadanos: le dieron a beber una copa de cicuta. Los griegos obedecían libremente la ley de su polis y estaban orgullosos de hacerlo. Su propia identidad estaba ligada a la ciudad. El peor de los destinos era el exilio, una especie de muerte cívica que se imponía algunas veces mediante el ostracismo a los hombres de estado atenienses si se consideraba que su poder ponía en peligro la constitución. Ésta es la posición formal, y éstas son las formas que dejaron una huella tan profunda en nuestra civilización. La realidad era, sin embargo, mucho más compleja. Las facciones oligárquicas y democráticas luchaban en crudas batallas entre ciudades. Los agricultores vivían al borde de la miseria, una mala cosecha podía conducirles a la esclavitud por deudas. La igualdad dentro de las ciudades no suponía relaciones equitativas entre éstas, la guerra era endémica. El griego era un pueblo hablador y apasionado, su política era con frecuencia violenta y ocasionalmente corrupta. En cualquier caso, nada de esto ensombrece el hecho de que eran capaces de grandes hazañas, como su triunfo al repeler (y, en última instancia, conquistar) a sus vecinos persas. Al leer gran parte de la literatura de su tiempo nos resulta fácil pensar en ellos como en nuestros  contemporáneos: al ser relacionistas, nos hablan a través de los milenios a nosotros, sus descendientes culturales, con una engañosa lucidez. Pese a todo el fondo común, eran asombrosamente distintos a nosotros, en su religión, en sus costumbres  y en su concepción de la vida humana. Es esta diferencia lo que hace el estudio de su civilización algo tan atrayente. Los griegos eran humanistas, pero de un humanismo radicalmente diferente del que encontramos (transformado por el cristianismo) en el mundo moderno. Su proposición básica era que el hombre es un animal racional y que el sentido de la vida humana se encuentra en el ejercicio de esa racionalidad. Cuando los hombres sucumbían a las pasiones, descendían vergonzosamente a una categoría inferior entre los seres. Cuando el orgullo, o la arrogancia, les llevaban a creerse dioses, perdían la visión de sus limitaciones humanas y sufrían la destructora venganza de los dioses. El secreto de la vida era el conocimiento de los humanos acerca de sí mismos, y una expresión armónica de las capacidades de cada uno. En los debates sobre la ley y la política pública el hombre alcanzaba su forma más alta y pura de autoexpresión, que sólo podía disfrutar en la vida comunitaria de una ciudad. Con frecuencia los humanistas ven en los griegos a unos antecesores, pero su visión del mundo tiene una destacable implicación. Las leyes políticas de una ciudad griega emergían no del palacio de un déspota, sino del debate que ciudadanos conscientes de su igualdad entablaban en el ágora, la plaza pública, que también servía arena para la política. Los ciudadanos disfrutaban de igualdad ante la ley (isonomia, un término que, a veces, se emplea como sinónimo de democracia) y de las mismas oportunidades de hablar en la asamblea. En una gran ciudad como Atenas, cientos de personas podían reunirse en estos actos, ya que los oradores eran sobre todo aristócratas que habían estudiado el arte de la oratoria o líderes notables que habían conseguido tener su grupo de incondicionales. En las democracias muchos cargos públicos eran cubiertos al azar, pero los funcionarios principales eran elegidos y, habitualmente, provenían de familias poderosas.

MI VERDAD.- ¿servirá de algo saber de esto? N.L.D.M

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