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Edición:
19-Feb-2024
Año
20
Número:
894
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Pandemia en tiempos neoliberales / 740


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Por:
Sin Censura
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26-04-2020
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Edición:

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POR: MIGUEL ÁNGEL SAUCEDO L.

 

"Desde luego que hay una guerra de clases,

pero es mi clase, la clase rica,

la que la está haciendo y la estamos ganando".

Warren Buffett

 

El Covid-19 no es la primera amenaza sanitaria que afecta de manera global a la humanidad. Tampoco será la última. Es, sin embargo, la primera que muestra, en toda su extensión, las enormes vulnerabilidades que nos ha dejado la revolución neoliberal en todos los órdenes, especialmente en materia de salud.

No solamente es el paulatino desmantelamiento de los sistemas estatales de salud (factor emblemático del Estado de bienestar), para generar las condiciones de rentabilidad para el capital, una vez que la salud queda convertida en mercancía y, por tanto, asequible solo para quienes tengan con qué pagar. No solamente la medicina que previene la enfermedad, sino también la que permite la recuperación de la salud se ha convertido en un espacio para la compra-venta, un mercado en el que se participa, o no, según sea la capacidad adquisitiva.

De ciudadanos dependientes del Estado benefactor transitamos a ciudadanos-clientes depauperados, emancipados de la tutela estatal y “libres” para comprar todo aquello que deseamos o necesitemos, con la única limitación de nuestro ingreso que, por cierto, ha decrecido hasta casi pulverizarse desde los años 80, curiosamente a partir del inicio de lo que López Obrador llama, y con razón, “la etapa del neoliberalismo”.

La Revolución neoliberal es, justamente, una reestructuración violenta de las formas de organización social construidas en la postguerra, precisamente para generar condiciones de acumulación capitalista disminuyendo, en lo posible, las amenazas de insurrección obrera que recorrían Europa y Estados Unidos, específicamente en los países en los que el desarrollo del capitalismo era más vertiginoso.

Pero decíamos que el neoliberalismo no solo ha desmantelado los sistemas de salud públicos sino que liberalizó la economía toda, es decir, logró que nuestros países compraran la idea del “dejar hacer, dejar pasar” que, para efectos prácticos, significa la renuncia del Estado a su función reguladora para evitar los efectos perniciosos del mercado.

Para que una revolución de tal magnitud pueda operar se requiere revolucionar también los sistemas de pensamiento, liberalizar las mentes de una población que, hasta antes de los años ochenta, se regía por códigos de conducta qué (sin ser los mejores ni mucho menos) impedían que las relaciones mercantiles estuvieran por encima de las comunitarias. En ese entonces había mucha más posibilidad para que las relaciones sociales se guiaran por la solidaridad que por el lucro.

Compramos la idea de que lo público era de mala calidad y que lo privado, por definición, era superior en calidad y precio. Nos convencimos de que lo bueno cuesta caro, que los buenos productos solamente se podían producir reduciendo costos y aumentando precios para incrementar la ganancia que, a su vez, motivaría la inversión que seguiría generando empleos. Mordimos el anzuelo y aceptamos que se redujera el principal costo de producción, el salario, y el empobrecimiento de la vida se convirtió en una constante. Se precarizó la alimentación y nos hicimos adictos a la “comida” chatarra. La Revolución neoliberal empobreció nuestros sistemas públicos de salud hasta casi desaparecerlos, al tiempo que transformó nuestros cuerpos en simples recipientes de alimentos basura, productos revestidos de colores llamativos, aderezados con adictivas mezclas de azúcar, sal y grasa, adicionados con aromas artificiales y empaquetados de modo que resulte irresistible su consumo, especialmente para los niños.

La pandemia del Covid-19 encontró un terreno muy fértil para su crecimiento en países como el nuestro, ciudadanos con escasas defensas corporales y sociedades sin sistemas de salud eficientes.

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