Torreon, Coah.
Edición:
20-May-2024
Año
21
Número:
905
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MI VERDAD / 710


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Por:
Agente 57
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17-08-2019
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POR: AGENTE 57

ARRANCAMOS… ¿EVOLUCIÓN O REVOLUCIÓN? un país debería evolucionar de forma constante a lo largo de su historia sin detenerse. Por evolución nos referimos a que la población en su conjunto, y de manera incluyente, vaya logrando y desarrollando mejores estándares de calidad de vida; más libertades, menos necesidad de represión, sistemas de educación, salud, arte, deporte y ciencia para todos. Que la sociedad viva con certezas y sin miedos. La evolución constante es la manera de construir un mejor futuro, porque es la única forma de hacerlo de manera pacífica. Las transformaciones revolucionarias son necesarias ahí donde la mentalidad y sociedad se han estancado hasta vivir en las sombras del pasado, ahí donde nunca se ha generado una visión de bienestar que envuelva a todos los individuos. Una revolución es máxima muestra de un fallo social. Todo gobierno o régimen emanado de una revolución construye una narrativa que gira en torno a glorificar dicha revolución; pero la revolución nunca es un logro, nunca un avance, nunca un evento glorioso, es, a lo sumo, un remedio urgente, derivado de no saber evolucionar, es una ruptura drástica y violenta y en su esencia siempre hay un cúmulo de rencor social. La revolución construye sobre lo destruido y así va evitando la verdadera evolución. Cuando un país y su pueblo se van quedando en las sombras del pasado, en las viejas estructuras de dominio, en las ideas y visiones de tiempos, circunstancias y necesidades antiguas, las tensiones sociales se van acrecentando, las contradicciones son cada vez más fuertes, las divisiones sociales cada vez más insalvables. Cuando eso ocurre, el acercamiento en el pueblo se va haciendo cada vez más imposible y la puesta al día y modernización se tornan cada vez más difíciles… entonces hay una revolución. Lo que surge de una revolución nunca ha sido justo o equitativo, jamás ha sido incluyente ni ha buscado abarcar a todos los sectores e ideas, jamás ha sido ordenado y mucho menos pacífico. Aplica a la francesa, a la soviética, a la cubana, a la industrial, a las religiones… y desde luego, a la mexicana. Con el paso de décadas, una revolución puede mostrar algunos frutos, pero la evolución a través de la revolución va destruyendo y construyendo, va desgastando y dejando heridas, acumulando rencillas y rencores. La máxima revolución transformadora que puede experimentar una sociedad es dejar de necesitar revoluciones transformadoras y entrar de manera permanente en el camino de la evolución. Es mejor una revolución que permanecer en el pasado y en el quietismo, pero no es el camino de la revolución el que saca lo mejor de un país y de su pueblo. México nunca ha evolucionado y lleva doscientos años transitando por el sendero de la revolución, de la división, de la guerra civil, de la actualización forzosa y violenta, de vivir en el ayer en lugar de encabezar la vanguardia. Ahora nos enfrentamos a la narrativa de las tres transformaciones históricas del país; Independencia, Reforma y Revolución; tres momentos de nuestro devenir histórico que se han caracterizado por la explosión social, el desahogo intempestivo de iras acumuladas, la intolerancia, la polarización, la incapacidad de dialogar, y finalmente la guerra, la violencia, la imposición de ideas; y por añadidura, la muerte y la destrucción. Las tres transformación tienen en común algunas cosas: han significado la disolución absoluta del siempre frágil e injusto pacto social, han enfrentado a visiones excluyentes e intolerantes de nación, han partido de la base de que hay buenos y malos, patriotas y traidores, razones para matar y morir, han generado millones de muertos… y ninguna ha transformado nada en realidad. Podemos cambiar el nombre del país y la ubicación geográfica desde donde se impone el tirano, podemos decirle rey, emperador o presidente, podemos gobernar desde el centro o desde los estados, podemos cambiar leyes y hacer nuevas constituciones (que en México tienden a ser letra muerta), podemos quitar a uno y poner a otro, derrocar a un dictador, proclamar la democracia, cambiarle el rostro y la forma a la dictadura… pero mientras no cambiemos la estructura elemental, la mitológica y la psíquica, mientras no cambiemos nuestros condicionamientos y patrones, nunca experimentaremos una transformación que nos saque del sendero de las revoluciones y nos encauce por el de la evolución. Más allá de todo lo anterior, es difícil no coincidir en que la Independencia, la Guerra de Reforma y la Revolución son, con toda certeza, junto a esa serie de eventos que englobamos simplistamente como Conquista, los momentos más icónicos de nuestra historia, algo así como nuestra columna vertebral. Los tres han sido procesos revolucionarios, con guerra civil incluida; son los acontecimientos que más nos han transformado.

MI VERDAD.- En México nunca ha habido paz, porque nunca ha existido el pacto social.NLDM

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