Torreon, Coah.
Edición:
20-May-2024
Año
21
Número:
905
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LA CIENCIA DE GOBERNAR / 708


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Por:
Sin Censura
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29-06-2019
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POR: MIGUEL ÁNGEL SAUCEDO L.

Cualquiera sabe que es más fácil ser bueno que ser justo. En buena medida porque lo primero tiene que ver con nuestra conciencia, con los valores personales, mientras que la justicia es un asunto que involucra compromisos con los demás, con los valores que compartimos con aquellos con los que formamos la sociedad. Por eso es relativamente fácil pregonar la bondad desde el púlpito, o desde el ejemplo personal; pero muy difícil cuando se quiere hacer desde el puesto de gobierno, es decir, cuando se habla desde una posición que representa a los demás, a los otros que no siempre comparten la idea del gobernante sobre la bondad pero que coinciden, necesariamente, en la necesidad de un marco legal común.

Por lo anterior, se requieren conocimientos acerca del comportamiento social en determinadas circunstancias. Entender, por ejemplo, la enorme diferencia entre pueblo y multitud, entre comunidad y sociedad y reflexionar acerca de la constante y permanente contradicción entre los intereses individuales y los sociales. Para enfrentar esos y muchísimos problemas adicionales se desarrollaron diferentes disciplinas científicas, como la Ciencia Política, por ejemplo, o la Administración Pública en la que, paradójicamente, se licenció Andrés Manuel López Obrador.

La paradoja la evidenció AMLO en Ecatepec al pedir que “No crean que tiene mucha ciencia el gobernar”. De acuerdo con el presidente la política tiene más que ver con el sentido común que con el arte y con la ciencia. Al respecto, si algo hay que reconocerle es su congruencia, misma que demuestra cotidianamente con su desprecio al arte, la cultura y la ciencia, actividades a las que sigue recortando los recursos públicos, ya de por sí raquíticos, que el Estado asignaba históricamente.

Si algo hubiese aprendido de la Administración Pública o de la Ciencia Política sabría que el sentido común no es algo que se obtiene de nacimiento sino qué, más bien, se adquiere en la interacción con los demás y que, por lo mismo, es algo que se disputa cotidianamente. La idea de lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo son ideas o valores que se desarrollan según la sociedad y el sector social en que cada quién se eduque. Aquel grupo que logre convencer al resto de la sociedad acerca de la pertinencia de sus valores, será el que saque mayor beneficio de la interacción social. Esa es la razón por la que el sentido común está en disputa: chairos contra fi fís; liberales contra conservadores, etc.

Una de las variantes de esa lucha por el sentido común es la que se manifiesta entre quienes defienden el carácter laico del Estado mexicano y quienes, con AMLO a la cabeza, torpedean sistemáticamente las instituciones que soportan la laicidad que nos ha permitido vivir en relativa armonía, a pesar de la pluralidad de creencias religiosas de nuestro país.

El llamarse a sí mismo liberal, portar la imagen de Benito Juárez como estandarte y recurrir a las palabras y frases del Benemérito no son suficientes al presidente para ocultar que mucho de la llamada 4T es, en realidad, un retroceso, un empoderamiento de las corporaciones religiosas a las que el Benemérito desempoderó. Si no hubiera sido así no hubiera podido construirse el Estado mexicano liberal, ese que ahora estorba a quienes creen que todos debemos compartir las mismas creencias de nuestros gobernantes.

El sentido común es necesario para gobernar, pero es insuficiente. De hecho, el sentido común debería servir al presidente para darse cuenta de sus carencias y contratar a quienes si estudiaron la ciencia de gobernar. Seguramente así cometería menos errores.

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